EL CAPATAZ SE BURLÓ DEL JOVEN POR SALVAR A UN PEQUEÑO GATO… PERO DÍAS DESPUÉS LLEGÓ SU VERDADERO DUEÑO

EL CAPATAZ SE BURLÓ DEL JOVEN POR SALVAR A UN PEQUEÑO GATO… PERO DÍAS DESPUÉS LLEGÓ SU VERDADERO DUEÑO

Guion completo

NARRADOR:

Mateo llevaba apenas seis meses trabajando en el rancho Santa Lucía.

Tenía veintidós años, pocas pertenencias y un objetivo muy sencillo:

Ahorrar suficiente dinero para ayudar a su madre y, algún día, poder alquilar un pequeño terreno donde comenzar algo propio.

No soñaba con ser rico.

Ni siquiera hablaba demasiado sobre el futuro.

Había aprendido desde niño que algunas metas se construyen de manera silenciosa.

Primero un día de trabajo.

Después otro.

Después otro.

Y así, poco a poco.

El rancho Santa Lucía era uno de los más grandes de la región.

Decenas de animales.

Corrales.

Establos.

Trabajadores.

Cercas que parecían extenderse hasta perderse en el horizonte.

El propietario casi nunca estaba presente.

La administración diaria estaba en manos de Ramiro.

Un hombre de carácter fuerte, de aproximadamente cincuenta años, que llevaba décadas trabajando allí.

Ramiro sabía mucho sobre ganado.

Nadie podía negarlo.

Pero también tenía una forma de pensar bastante particular.

Para él, dentro de un rancho prácticamente todo debía tener utilidad.

Si un animal no producía, era una carga.

Si un trabajador se detenía unos minutos, estaba perdiendo el tiempo.

Si alguien hacía algo que no generaba un beneficio inmediato, Ramiro lo consideraba una tontería.

Mateo era diferente.

Quizás porque había crecido con muy poco.

Cuando tienes poco, aprendes que muchas cosas importantes no se miden únicamente por lo que producen.

Su madre recogía animales abandonados.

Nunca podían quedarse con todos.

Pero si encontraba alguno herido o perdido, intentaba ayudarlo.

Mateo creció viendo eso.

Por eso aquella mañana, cuando escuchó ladridos cerca de uno de los establos, no pudo simplemente seguir caminando.

Llevaba un saco de alimento sobre el hombro.

Lo dejó en el suelo.

Se acercó.

Dos perros grandes del rancho estaban rodeando algo.

No estaban fuera de control, pero sí demasiado inquietos.

Mateo hizo un silbido.

MATEO:

—¡Eh! ¡Atrás!

Los perros lo miraron.

Mateo avanzó lentamente.

MATEO:

—Vamos.

—Déjenlo.

Uno de los perros retrocedió.

El otro continuó olfateando el suelo.

Entonces Mateo vio lo que había entre ellos.

Un pequeño gato negro.

Era diminuto.

Su pelaje estaba cubierto de polvo.

Permanecía encogido, intentando hacerse tan pequeño como fuera posible.

Mateo se arrodilló.

MATEO:

—Tranquilo.

Extendió lentamente una mano.

El gatito no se movió.

Mateo hizo retroceder a los perros.

Después tomó cuidadosamente al animal.

Era tan pequeño que prácticamente cabía entre sus dos manos.

MATEO:

—¿De dónde saliste tú?

El gatito soltó un sonido muy débil.

Mateo lo acercó a su pecho.

Y entonces escuchó una voz.

RAMIRO:

—¿Qué estás haciendo?

Mateo cerró los ojos un segundo.

Reconocería aquella voz en cualquier lugar.

Se giró.

Ramiro caminaba hacia él.

Dos trabajadores venían detrás.

RAMIRO:

—Te hice una pregunta.

Mateo se levantó.

Todavía tenía al gatito entre las manos.

MATEO:

—Los perros lo habían rodeado.

Ramiro miró al animal.

Su expresión cambió inmediatamente.

RAMIRO:

—¿Y?

Mateo no entendió.

MATEO:

—¿Cómo que “y”?

RAMIRO:

—¿Qué tiene eso que ver con tu trabajo?

Mateo señaló a los perros.

MATEO:

—Podía pasarle algo.

Ramiro soltó una pequeña risa.

RAMIRO:

—Mateo.

—Esto es un rancho.

—No una casa de mascotas.

Algunos de los trabajadores permanecieron callados.

Mateo bajó la mirada hacia el gatito.

MATEO:

—Solo necesito ponerlo en un lugar seguro.

Ramiro señaló el saco que Mateo había dejado en el suelo.

RAMIRO:

—Necesitas llevar ese alimento donde te dije.

Mateo respondió:

MATEO:

—Lo haré.

RAMIRO:

—Ahora.

Mateo dudó.

RAMIRO:

—¿No escuchaste?

MATEO:

—Sí.

Ramiro se acercó.

Miró de nuevo al gato.

RAMIRO:

—Déjalo.

Mateo frunció el ceño.

MATEO:

—¿Aquí?

RAMIRO:

—Donde lo encontraste.

Mateo miró a los perros.

MATEO:

—No puedo.

Ramiro cambió completamente la expresión.

No estaba acostumbrado a que un trabajador le respondiera de aquella forma.

RAMIRO:

—¿Qué dijiste?

Mateo respiró profundamente.

Sabía que necesitaba aquel trabajo.

Muchísimo.

Su madre dependía de parte de su salario.

No podía darse el lujo de perderlo por una discusión.

Pero tampoco podía dejar al animal allí.

MATEO:

—Solo digo que puedo llevarlo al establo.

—Me toma dos minutos.

Ramiro miró a los demás.

Después a Mateo.

RAMIRO:

—Dos minutos.

—Después otros cinco.

—Después media hora.

—Y cuando termine el día, ¿quién hace tu trabajo?

MATEO:

—Yo.

Ramiro negó con la cabeza.

RAMIRO:

—Entonces deja de actuar como un niño.

Mateo apretó ligeramente la mandíbula.

No respondió.

Ramiro continuó:

RAMIRO:

—En el campo sobreviven los animales fuertes.

—No podemos detener todo cada vez que aparece uno pequeño.

Mateo miró al gatito.

MATEO:

—No estoy deteniendo todo.

—Solo estoy ayudando a uno.

Aquella frase hizo que los trabajadores se miraran.

Ramiro se acercó todavía más.

RAMIRO:

—Muchacho, aquí las órdenes no se discuten.

Mateo respondió tranquilamente:

MATEO:

—Entiendo.

RAMIRO:

—Entonces déjalo.

Mateo guardó silencio.

Ramiro esperó.

Finalmente Mateo preguntó:

MATEO:

—¿Puedo llevarlo al establo después de terminar el saco?

Ramiro soltó una risa de incredulidad.

RAMIRO:

—Haz lo que quieras.

—Pero si pierdes tiempo, sale de tu descanso.

Y se marchó.

Mateo miró al gatito.

MATEO:

—Creo que eso fue un sí.

Uno de los trabajadores que estaba cerca comenzó a reír.


EL PEQUEÑO REFUGIO

Mateo terminó rápidamente lo que tenía que hacer.

Cuando llegó su descanso, no fue a comer con los demás.

Entró en un pequeño establo que ya casi no se utilizaba.

Colocó paja limpia en una esquina.

Después dejó al gatito cuidadosamente.

El animal intentó caminar.

Parecía débil.

Mateo se sentó.

MATEO:

—Ahora tenemos otro problema.

—¿Qué comes?

No sabía prácticamente nada sobre gatos.

Había convivido con algunos cuando era niño, pero siempre había sido su madre quien se encargaba.

Buscó un poco de agua.

El gatito olió el recipiente.

Apenas tomó.

Mateo se preocupó.

Más tarde encontró a una de las cocineras del rancho.

Se llamaba Marta.

MATEO:

—¿Tiene un poco de leche?

Marta lo miró.

MARTA:

—¿Para qué?

Mateo dudó.

Sabía que si decía que era para un animal, probablemente volvería a convertirse en tema de conversación.

MATEO:

—Es una historia larga.

Marta cruzó los brazos.

MARTA:

—Entonces tengo tiempo.

Mateo terminó contándole.

La mujer sonrió.

MARTA:

—Déjame verlo.

Minutos después estaban ambos dentro del establo.

Marta observó al pequeño animal.

MARTA:

—Está muy pequeño.

Mateo asintió.

MARTA:

—No le des cualquier cosa.

Prepararon algo más adecuado con lo que tenían disponible y en pequeñas cantidades.

Mateo acercó el recipiente.

Al principio el gato no hizo nada.

Después comenzó lentamente a comer.

Mateo sonrió.

MATEO:

—Ahí está.

Marta lo miró.

MARTA:

—Te vas a encariñar.

Mateo negó.

MATEO:

—Solo hasta que esté bien.

Marta comenzó a reír.

MARTA:

—Eso dice todo el mundo.


RAMIRO DESCUBRE QUE SIGUE ALLÍ

Dos días después Ramiro entró al establo.

Mateo estaba limpiando.

El gatito dormía sobre un pequeño montón de paja.

Ramiro se detuvo.

RAMIRO:

—No puedo creerlo.

Mateo levantó la mirada.

MATEO:

—Buenos días.

Ramiro señaló al animal.

RAMIRO:

—¿Todavía está aquí?

MATEO:

—Sí.

RAMIRO:

—Pensé que ibas a llevarlo a otra parte.

Mateo respondió:

MATEO:

—No tengo otra parte.

Ramiro negó.

RAMIRO:

—Por supuesto.

Se acercó al gatito.

El animal abrió los ojos.

RAMIRO:

—¿Y ahora qué?

Mateo no entendió.

RAMIRO:

—¿Piensas mantenerlo aquí para siempre?

MATEO:

—Solo hasta que esté fuerte.

RAMIRO:

—¿Y después?

Mateo se encogió de hombros.

MATEO:

—Buscaré alguien que pueda cuidarlo.

Ramiro respiró profundamente.

RAMIRO:

—Mateo, tienes demasiadas cosas importantes en qué pensar.

—Tu trabajo.

—Tu futuro.

—Tu dinero.

Después señaló al gato.

RAMIRO:

—Y estás gastando tiempo con esto.

Mateo observó al pequeño animal.

MATEO:

—No siento que lo esté gastando.

Ramiro lo miró.

RAMIRO:

—Ese es tu problema.

Se marchó.

Mateo continuó trabajando.

Pero aquellas palabras quedaron en su cabeza.

“Ese es tu problema”.

¿Era realmente un problema?

Quizás Ramiro tenía razón en algunas cosas.

Mateo apenas tenía dinero.

Muchas veces terminaba el mes contando monedas.

No podía resolver todos los problemas que encontraba.

Eso era cierto.

Pero ayudar a aquel pequeño animal tampoco estaba destruyendo su vida.

Utilizaba sus descansos.

Parte de su comida.

Algunos minutos antes y después del trabajo.

No estaba descuidando sus obligaciones.

Entonces decidió algo.

No dejaría que nadie lo hiciera sentir irresponsable por tener compasión.


LOS DÍAS PASARON

El gato comenzó a mejorar.

Mateo lo llamó Sombra.

Por supuesto, Marta volvió a reír cuando escuchó el nombre.

MARTA:

—Dijiste que no te ibas a encariñar.

Mateo respondió:

MATEO:

—Necesitaba llamarlo de alguna manera.

MARTA:

—Claro.

Sombra empezó a caminar por el establo.

Después a correr pequeñas distancias.

Perseguía trozos de paja.

Intentaba trepar sobre las botas de Mateo.

Y poco a poco dejó de parecer el animal asustado que habían encontrado entre los perros.

Mateo comenzó a disfrutar aquellos minutos.

Después de jornadas agotadoras, se sentaba junto a él.

No necesitaba hablar.

Simplemente observaba cómo el gato jugaba.

Una tarde confesó:

MATEO:

—No sé qué voy a hacer contigo.

Sombra lo miró.

MATEO:

—Mi madre me echaría de casa si aparezco con otro animal.

Pensó.

Después sonrió.

MATEO:

—No.

—Mentira.

—Probablemente te daría mi cama.


ALGO EXTRAÑO

Una mañana apareció un hombre del pueblo preguntando por animales perdidos.

Mostró un pequeño papel con una descripción.

Mateo escuchó parte de la conversación.

Se acercó.

MATEO:

—¿Qué están buscando?

El hombre respondió:

HOMBRE:

—Un gato negro.

Mateo sintió algo extraño.

MATEO:

—¿Pequeño?

HOMBRE:

—Sí.

MATEO:

—¿Desde cuándo?

HOMBRE:

—Varias semanas.

Mateo inmediatamente pensó en Sombra.

MATEO:

—¿De quién es?

El hombre dudó.

HOMBRE:

—No lo sé exactamente.

—Solo me pagaron para preguntar.

Ramiro apareció.

RAMIRO:

—¿Qué pasa?

El hombre explicó.

Ramiro miró a Mateo.

Su expresión decía claramente:

“Te lo dije”.

RAMIRO:

—Tenemos uno.

Mateo se giró.

MATEO:

—No sabemos si es el mismo.

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—¿Cuántos gatos negros pequeños crees que están perdidos por aquí?

Mateo no contestó.

El hombre pidió verlo.

Mateo accedió.

Cuando entraron al establo, Sombra estaba dormido.

El hombre se acercó.

Sacó un pequeño papel.

Miró algunos detalles.

Pero no pudo confirmar nada.

HOMBRE:

—Voy a informar.

MATEO:

—¿A quién?

El hombre respondió:

HOMBRE:

—Al señor que me contrató.

Mateo volvió a preguntar:

MATEO:

—¿Quién?

Pero el hombre ya estaba caminando hacia la salida.

HOMBRE:

—Pronto lo sabrá.


RAMIRO SE BURLA

Cuando quedaron solos, Ramiro sonrió.

RAMIRO:

—Mira qué bien.

MATEO:

—¿Qué?

RAMIRO:

—Después de todo quizá ganes algo.

Mateo frunció el ceño.

MATEO:

—¿Por qué?

RAMIRO:

—Si el dueño tiene dinero, quizá haya recompensa.

Mateo negó.

MATEO:

—No lo cuidé por una recompensa.

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—Todo el mundo dice eso hasta que ve dinero.

Mateo lo miró.

MATEO:

—Yo no.

Ramiro soltó una carcajada.

RAMIRO:

—Ya veremos.

Mateo no respondió.

Aquella conversación le molestó más de lo que quería admitir.

No porque creyera que Ramiro tuviera razón.

Precisamente porque sabía que no la tenía.

Si alguien llegaba por Sombra y podía demostrar que era suyo, Mateo lo entregaría.

Le dolería.

Pero era lo correcto.

No pediría dinero.

No había rescatado al animal esperando cobrar después.


EL CARRUAJE

Dos días después algo extraño ocurrió.

Cerca del mediodía apareció un carruaje elegante por el camino principal.

No era común ver algo así en aquella zona.

Los trabajadores comenzaron a mirar.

El carruaje se detuvo frente al edificio principal.

De él bajó un hombre de aproximadamente sesenta años.

Vestía un abrigo marrón.

Botas de excelente calidad.

Cabello gris perfectamente arreglado.

Su nombre era Don Arturo Valdés.

Varias personas del rancho lo reconocieron.

Era propietario de tierras, negocios y caballos en diferentes zonas de la región.

Ramiro salió rápidamente a recibirlo.

RAMIRO:

—Don Arturo.

—Qué sorpresa.

Arturo no parecía interesado en conversar.

ARTURO:

—Me dijeron que encontraron un animal.

Ramiro sonrió.

RAMIRO:

—Sí.

—Un gato.

Arturo asintió.

ARTURO:

—Quiero verlo.

Ramiro inmediatamente señaló hacia el establo.

RAMIRO:

—Claro.

Después llamó:

RAMIRO:

—¡Mateo!

El joven apareció.

Llevaba polvo en la camisa.

MATEO:

—¿Sí?

Ramiro señaló a Arturo.

RAMIRO:

—El señor viene por el gato.

Mateo miró al desconocido.

Después a Ramiro.

MATEO:

—Primero necesito saber si es suyo.

Ramiro abrió los ojos.

RAMIRO:

—Mateo.

Arturo levantó una mano.

ARTURO:

—Está bien.

Miró al joven.

ARTURO:

—Hace bien.

Mateo se relajó ligeramente.

ARTURO:

—Muéstremelo.


EL ENCUENTRO

Entraron al establo.

Sombra estaba comiendo.

Cuando vio a Mateo, caminó hacia él.

Mateo lo tomó.

Arturo se quedó completamente quieto.

Su expresión cambió.

No parecía un hombre rico.

No parecía un empresario.

Parecía simplemente alguien que acababa de encontrar algo importante.

ARTURO:

—Es él.

Mateo preguntó:

MATEO:

—¿Está seguro?

Arturo asintió.

ARTURO:

—Tiene una pequeña mancha debajo de la pata.

Mateo levantó cuidadosamente al gato.

Miró.

Allí estaba.

Una mancha gris.

Arturo sacó una fotografía.

Era Sombra.

Más pequeño.

Junto a una niña.

Mateo miró la imagen.

MATEO:

—¿Quién es ella?

Arturo respondió:

ARTURO:

—Mi nieta.

Hizo una pausa.

ARTURO:

—El gato es suyo.

Mateo comprendió.

ARTURO:

—Se perdió cuando viajábamos.

—Tuvimos un problema con uno de los vehículos.

—Pensamos que había subido de nuevo.

—Cuando llegamos a casa no estaba.

La voz del hombre cambió.

ARTURO:

—Mi nieta lleva semanas preguntando por él.

Mateo bajó la mirada hacia Sombra.

La noticia le produjo sentimientos mezclados.

Estaba feliz.

Sombra tenía una familia.

Pero también significaba que tenía que despedirse.

MATEO:

—Entonces debe volver con ella.

Arturo miró al joven.

ARTURO:

—¿Usted lo encontró?

Mateo respondió:

MATEO:

—Sí.

Ramiro intervino:

RAMIRO:

—Lo encontró cerca de los perros.

—Y desde entonces no ha hecho más que gastar tiempo en el animal.

Mateo miró a Ramiro.

Arturo también.

ARTURO:

—¿Gastar tiempo?

Ramiro sonrió incómodamente.

RAMIRO:

—Bueno, ya sabe.

—Trabajo de rancho.

—Hay mucho que hacer.

Arturo volvió a mirar a Mateo.

ARTURO:

—¿Lo alimentó?

MATEO:

—Entre varios.

ARTURO:

—¿Lo cuidó?

Mateo asintió.

ARTURO:

—¿Pagó algo?

Mateo respondió:

MATEO:

—Muy poco.

—No importa.

Arturo observó al gato.

El animal se encontraba saludable.

ARTURO:

—Importa.


LA RECOMPENSA

Arturo metió una mano dentro del abrigo.

Sacó un sobre.

Se lo ofreció.

Mateo lo miró.

MATEO:

—¿Qué es?

ARTURO:

—Una recompensa.

Mateo negó.

MATEO:

—No.

Ramiro abrió los ojos.

RAMIRO:

—Mateo.

El joven ni siquiera lo miró.

MATEO:

—No puedo aceptarlo.

Arturo preguntó:

ARTURO:

—¿Por qué?

Mateo acarició al gato.

MATEO:

—Porque no hice esto pensando que alguien iba a pagarme.

Arturo respondió:

ARTURO:

—Eso ya lo sé.

MATEO:

—Entonces no hace falta.

Ramiro no podía creerlo.

RAMIRO:

—Muchacho, deja el orgullo.

Mateo se giró.

MATEO:

—No es orgullo.

Ramiro señaló el sobre.

RAMIRO:

—Es dinero.

MATEO:

—Ya sé qué es.

Arturo observaba la conversación.

Mateo continuó:

MATEO:

—Si lo hubiera dejado ahí aquel día y ahora aceptara dinero porque alguien resulta ser rico, ¿qué clase de ayuda habría sido?

Ramiro negó con la cabeza.

RAMIRO:

—No tiene sentido.

Arturo respondió:

ARTURO:

—Para mí sí.

Ramiro quedó callado.


UNA PREGUNTA INESPERADA

Arturo guardó el sobre.

Después preguntó:

ARTURO:

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?

Mateo respondió:

MATEO:

—Seis meses.

ARTURO:

—¿Con animales?

MATEO:

—Desde niño.

Arturo miró a Ramiro.

ARTURO:

—¿Es buen trabajador?

Ramiro dudó.

Mateo lo miró.

Finalmente respondió:

RAMIRO:

—Sí.

Arturo sonrió.

ARTURO:

—Esa respuesta pareció dolerle.

Mateo tuvo que evitar reírse.

Ramiro permaneció serio.

Arturo continuó:

ARTURO:

—Tengo un centro donde criamos y cuidamos caballos.

—También animales pequeños de la propiedad.

Mateo escuchó.

ARTURO:

—Siempre necesito trabajadores.

Ramiro inmediatamente comprendió.

RAMIRO:

—Don Arturo.

—Mateo trabaja aquí.

Arturo lo miró.

ARTURO:

—No estoy hablando con usted.

El ambiente cambió.

Mateo permaneció sorprendido.

ARTURO:

—No voy a comprar su decisión.

—Ni ofrecerle una fortuna.

—Le estoy ofreciendo algo sencillo.

Sacó una tarjeta.

ARTURO:

—Si algún día quiere conocer el lugar, venga.

Mateo tomó la tarjeta.

MATEO:

—Gracias.

Arturo respondió:

ARTURO:

—Personas que saben seguir instrucciones puedo contratar muchas.

Hizo una pausa.

ARTURO:

—Personas que se detienen cuando ven que algo necesita ayuda, aunque nadie se lo haya ordenado, son más difíciles de encontrar.

Ramiro guardó silencio.


LA DESPEDIDA

Llegó el momento de entregar a Sombra.

Mateo lo sostuvo unos segundos.

MATEO:

—Bueno, pequeño.

El gato lo miró.

Mateo sonrió.

MATEO:

—Parece que tienes una vida mucho más elegante de lo que imaginaba.

Arturo comenzó a reír.

Mateo se lo entregó.

Pero Sombra intentó volver hacia él.

Aquello hizo que Mateo sintiera un nudo en la garganta.

Arturo lo notó.

ARTURO:

—¿Quiere acompañarme para entregárselo a mi nieta?

Mateo abrió los ojos.

MATEO:

—¿Ahora?

Arturo asintió.

Mateo miró a Ramiro.

Ramiro permaneció serio.

Mateo no quería crear otro problema.

Arturo lo comprendió.

ARTURO:

—Será después de su jornada.

Mateo sonrió.

MATEO:

—Entonces sí.


LA NIÑA

Aquella tarde Mateo viajó con Arturo.

Cuando llegaron a la propiedad, vio una casa enorme.

Pero no tuvo demasiado tiempo para observarla.

Una niña salió corriendo.

NIÑA:

—¡Sombra!

El gatito reconoció la voz.

La niña lo tomó con muchísimo cuidado.

Comenzó a llorar.

Mateo observó desde cierta distancia.

Aquella escena valió más para él que cualquier sobre con dinero.

La niña se acercó.

NIÑA:

—¿Tú lo encontraste?

Mateo asintió.

MATEO:

—Sí.

NIÑA:

—Gracias.

Dos palabras.

Nada más.

Pero Mateo comprendió que todo aquello había valido la pena.


ARTURO VUELVE A HABLAR CON MATEO

Antes de regresar, Arturo lo invitó a caminar por la propiedad.

Le mostró los establos.

Caballos perfectamente cuidados.

Espacios limpios.

Trabajadores.

Mateo estaba impresionado.

ARTURO:

—No te estoy enseñando esto para presumir.

Mateo sonrió.

MATEO:

—Menos mal.

Arturo rió.

Después se puso serio.

ARTURO:

—Quiero que consideres mi propuesta.

Mateo preguntó:

MATEO:

—¿Por qué yo?

Arturo respondió:

ARTURO:

—Porque cuando creías que el gato no tenía dueño, lo trataste igual que después de descubrir quién era su dueño.

Mateo permaneció callado.

Arturo continuó:

ARTURO:

—Eso me dice algo.

MATEO:

—¿Qué?

ARTURO:

—Que tu comportamiento no cambia dependiendo de quién esté mirando.

Mateo bajó ligeramente la cabeza.

No sabía qué responder.


DE REGRESO AL RANCHO

Al día siguiente Ramiro estaba diferente.

Mateo lo notó inmediatamente.

RAMIRO:

—¿Vas a irte?

Mateo quedó sorprendido.

MATEO:

—No he decidido nada.

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—Probablemente deberías.

Mateo lo miró.

No esperaba aquello.

MATEO:

—¿Qué?

Ramiro observó hacia los corrales.

RAMIRO:

—Don Arturo puede ofrecerte cosas que aquí no tenemos.

Mateo preguntó:

MATEO:

—¿No está molesto?

Ramiro soltó una pequeña risa.

RAMIRO:

—Sí.

Mateo sonrió.

RAMIRO:

—Pero no contigo.

Hubo silencio.

Después Ramiro añadió:

RAMIRO:

—Tal vez contigo un poco.

Mateo comenzó a reír.

Ramiro negó con la cabeza.

RAMIRO:

—Cuando yo tenía tu edad, alguien me enseñó que trabajar significaba no detenerse.

—Nunca.

Mateo escuchó.

RAMIRO:

—Con los años quizá exageré la lección.

Miró al joven.

RAMIRO:

—Hiciste tu trabajo.

—Y además cuidaste ese animal.

—Así que supongo que no perdiste tanto tiempo como pensé.

Mateo preguntó:

MATEO:

—¿Eso fue una disculpa?

Ramiro respondió inmediatamente:

RAMIRO:

—No abuses.

Ambos sonrieron.


LA DECISIÓN

Mateo tardó varios días.

Finalmente habló con su madre.

Le contó la propuesta.

Ella escuchó en silencio.

Después preguntó:

MADRE:

—¿Tú qué quieres?

Mateo respondió:

MATEO:

—No sé.

MADRE:

—Entonces no pienses únicamente en cuánto pagan.

Mateo sonrió.

Era exactamente lo que esperaba que dijera.

MADRE:

—Pregunta qué puedes aprender.

Mateo pensó en aquello.

En el rancho Santa Lucía había aprendido mucho.

Pero sentía que ya conocía prácticamente todas sus tareas.

El centro de Arturo podía abrirle otras puertas.

Veterinarios.

Entrenadores.

Nuevas técnicas.

Finalmente aceptó.

No porque hubiera rescatado un gato.

No como premio.

Aceptó porque apareció una oportunidad y estaba preparado para aprovecharla.


SU ÚLTIMO DÍA

Ramiro reunió a los trabajadores.

No hizo un gran discurso.

No era su estilo.

RAMIRO:

—Mateo se va.

Uno de los hombres respondió:

TRABAJADOR:

—¿Lo echaste finalmente?

Todos comenzaron a reír.

Ramiro lo miró.

RAMIRO:

—Todavía puedo echarte a ti.

Más risas.

Después miró a Mateo.

RAMIRO:

—Trabajó bien.

—Eso es todo.

Mateo sonrió.

Sabía que viniendo de Ramiro, aquello equivalía a un discurso de veinte minutos.

Marta le entregó una pequeña bolsa con comida.

MARTA:

—Para el camino.

Mateo respondió:

MATEO:

—No me voy a otro país.

MARTA:

—Cállate y llévatela.

Mateo obedeció.

Antes de marcharse entró al pequeño establo donde había cuidado a Sombra.

Ahora estaba vacío.

Miró la esquina donde había colocado la paja.

Sonrió.

Todo había comenzado allí.


MESES DESPUÉS

Mateo se adaptó rápidamente al nuevo trabajo.

No fue fácil.

Había mucho que aprender.

Cometió errores.

Recibió correcciones.

Pero nunca perdió aquello que Arturo había valorado.

La capacidad de observar.

De detenerse.

De preguntar.

Un veterinario comenzó a enseñarle.

Mateo aprendió primeros cuidados básicos.

Manejo responsable de animales.

Alimentación.

Comportamiento.

Y con el tiempo comenzó a pensar en algo que jamás había considerado.

Estudiar.

Una tarde Arturo lo encontró leyendo.

ARTURO:

—¿Qué haces?

Mateo levantó un libro.

MATEO:

—Intento entender la mitad de estas palabras.

Arturo sonrió.

ARTURO:

—¿Y la otra mitad?

MATEO:

—La dejo para mañana.

Arturo rió.

Después le habló de un programa de formación.

Mateo se inscribió.

Con parte de su salario ayudaba a su madre.

Otra parte la ahorraba.

Y lentamente comenzó a construir un futuro diferente.


SOMBRA

Sombra creció.

Cada vez que Mateo pasaba cerca de la casa de Arturo, la nieta lo llevaba a verlo.

El gato corría hacia él.

NIÑA:

—Todavía te recuerda.

Mateo sonreía.

MATEO:

—O recuerda quién le daba comida.

La niña respondía:

NIÑA:

—No.

—Te recuerda a ti.

Mateo nunca discutía.

Prefería pensar que tenía razón.


RAMIRO VISITA EL CENTRO

Casi un año después Ramiro llegó llevando un caballo que necesitaba una revisión.

Mateo estaba trabajando.

Cuando lo vio, sonrió.

MATEO:

—Mire quién vino.

Ramiro observó su uniforme de trabajo nuevo.

RAMIRO:

—Veo que ahora eres importante.

Mateo negó.

MATEO:

—Sigo limpiando establos.

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—Entonces todavía sirves para algo.

Ambos rieron.

Mateo atendió el caballo junto a uno de los veterinarios.

Ramiro observaba.

Era evidente que el joven había aprendido muchísimo.

Cuando terminaron, Ramiro dijo:

RAMIRO:

—Hiciste bien en venir.

Mateo se sorprendió.

MATEO:

—¿Otra disculpa?

Ramiro apuntó hacia él.

RAMIRO:

—Una palabra más y me llevo el caballo.

Mateo comenzó a reír.


REFLEXIÓN FINAL

NARRADOR:

A primera vista, aquella historia podría parecer la historia de un joven que salvó un gato y terminó consiguiendo un trabajo mejor.

Pero quedarse solamente con eso sería convertir la compasión en una especie de inversión.

“Haz algo bueno y recibirás una recompensa”.

La vida no funciona así.

Mateo no sabía que Arturo aparecería.

No sabía quién era el propietario del animal.

Ni siquiera sabía si Sombra tenía dueño.

Cuando decidió ayudarlo, pensaba que jamás recibiría nada.

Y precisamente por eso su decisión tenía valor.

No estaba negociando.

Estaba actuando de acuerdo con la clase de persona que quería ser.


HACER EL BIEN NO GARANTIZA UN PREMIO

NARRADOR:

Es importante entenderlo.

Hay personas que ayudan y nunca reciben dinero.

Hay trabajadores honestos que no conocen a un empresario que les ofrezca empleo.

Hay acciones buenas que pasan completamente desapercibidas.

Eso no las vuelve inútiles.

El valor de ayudar no debería depender de si después alguien nos recompensa.

Mateo habría hecho exactamente lo mismo si Sombra hubiera pertenecido a una familia sin dinero.

De hecho, durante días creyó que no pertenecía a nadie.

Esa fue precisamente la razón por la que Arturo confió en él.


“ESTÁS PERDIENDO EL TIEMPO”

Ramiro veía a Mateo alimentar al gato y solamente veía minutos de trabajo que no producían nada.

Su lógica no era completamente absurda.

Un rancho necesita funcionar.

Los empleados tienen tareas.

No pueden abandonar su trabajo constantemente.

Mateo también lo entendía.

Por eso utilizó sus descansos.

Cumplió sus obligaciones.

El problema estaba en pensar que cualquier minuto dedicado a algo que no genera dinero es automáticamente desperdiciado.

No todo tiempo tiene que convertirse en productividad.

A veces cinco minutos pueden marcar una diferencia enorme para alguien.


LOS DOS EXTREMOS

NARRADOR:

Tampoco debemos interpretar esta historia diciendo que tenemos que rescatar personalmente cada animal que encontremos.

Hay situaciones en las que lo adecuado es buscar ayuda profesional.

Proteger nuestra seguridad.

Contactar a personas capacitadas.

Mateo pudo ayudar porque la situación estaba dentro de lo que podía manejar y después buscó orientación.

La compasión también necesita responsabilidad.

No se trata de actuar impulsivamente.

Se trata de no mirar hacia otro lado cuando podemos hacer algo razonable.


EL CAMBIO DE RAMIRO

Ramiro quizá sea uno de los personajes más importantes.

Era fácil convertirlo simplemente en el hombre malo.

Pero la realidad es más interesante.

Ramiro había aprendido a sobrevivir siendo duro.

Durante décadas le enseñaron que trabajar significaba no detenerse.

Con el tiempo convirtió una lección útil en una regla absoluta.

Mateo le mostró que ambas cosas podían existir.

Disciplina y compasión.

Trabajo y humanidad.

Ramiro no cambió de personalidad de un día para otro.

Seguía siendo exigente.

Seguía levantando la voz.

Seguía creyendo que prácticamente todo podía hacerse más rápido.

Pero comenzó a detenerse antes de juzgar.

Y eso ya era un cambio.


ARTURO TAMPOCO COMPRÓ LA BONDAD DE MATEO

NARRADOR:

Cuando Arturo ofreció dinero, Mateo lo rechazó.

Después Arturo le ofreció trabajo.

Son cosas diferentes.

El dinero habría sido un agradecimiento legítimo.

No habría estado mal que Mateo lo aceptara.

Pero él no se sentía cómodo.

Arturo lo respetó.

El empleo, en cambio, no fue una recompensa automática.

Arturo vio una cualidad que necesitaba en su equipo.

Responsabilidad.

Paciencia.

Capacidad de observar.

Después Mateo tuvo que demostrar que podía trabajar.

Tuvo que aprender.

Tuvo que esforzarse.

La oportunidad abrió una puerta.

Mateo todavía tuvo que caminar.


UN PEQUEÑO ANIMAL Y UNA DECISIÓN GRANDE

Probablemente Sombra jamás comprendió todo lo que ocurrió.

Para él la historia era mucho más sencilla.

Tuvo miedo.

Un joven lo tomó.

Le dio un lugar seguro.

Después regresó con su familia.

Eso era todo.

Pero para Mateo aquella pequeña decisión cambió la dirección de su vida.

No porque el gato tuviera poderes especiales.

Porque la situación reveló algo que ya existía dentro del joven.

Y alguien lo vio.

A veces las oportunidades funcionan así.

No crean nuestras cualidades.

Las revelan.


AÑOS DESPUÉS

Mateo terminó su formación.

No se convirtió inmediatamente en veterinario.

Era un camino demasiado largo y costoso.

Pero sí se convirtió en técnico especializado en cuidado animal.

Con los años comenzó a ayudar a jóvenes nuevos.

Cuando alguno se desesperaba, Mateo repetía:

MATEO:

—Primero observa.

Después actúa.

Un día un aprendiz encontró un ave pequeña cerca de uno de los establos.

Corrió hacia Mateo.

APRENDIZ:

—¿Qué hacemos?

Mateo observó.

Evaluó la situación.

Pidió que llamaran a una persona capacitada para revisarla.

El joven preguntó:

APRENDIZ:

—¿Vamos a perder tiempo con esto?

Mateo se quedó mirándolo.

Después comenzó a reír.

MATEO:

—Alguien me hizo exactamente esa pregunta hace años.

El aprendiz no entendió.

Mateo tampoco explicó.

Solo sonrió.


EL ÚLTIMO ENCUENTRO CON SOMBRA

Muchos años después Mateo visitó la propiedad de Arturo.

La nieta ya era adolescente.

Sombra era un gato adulto.

Dormía tranquilamente sobre una silla.

Mateo se acercó.

El animal abrió los ojos.

Después volvió a cerrarlos.

Mateo sonrió.

MATEO:

—Después de todo lo que hice por ti y ni siquiera te levantas.

La joven comenzó a reír.

JOVEN:

—Ya está viejo.

Mateo acarició cuidadosamente su cabeza.

Recordó el pequeño animal que una vez podía sostener completamente entre sus manos.

Pensó en todo lo que había ocurrido desde entonces.

El nuevo trabajo.

Los estudios.

Las personas.

Su madre.

Su futuro.

Y entendió algo.

Sombra no había cambiado su vida.

Una decisión lo había hecho.

La decisión de no seguir caminando aquel día.


CIERRE FINAL

NARRADOR:

A veces pensamos que las decisiones importantes llegan acompañadas de grandes señales.

Una oferta.

Una llamada.

Un contrato.

Una oportunidad evidente.

Pero muchas veces comienzan de manera insignificante.

Escuchando un ruido.

Deteniéndonos.

Mirando algo que los demás decidieron ignorar.

Mateo no sabía que aquella mañana estaba tomando una decisión que recordaría durante años.

Solo vio un animal pequeño y pensó:

“Puedo ayudar.”

Y lo hizo.

Eso fue todo.

Por eso, si alguna vez puedes ayudar sin destruirte a ti mismo, sin poner a nadie en peligro y sin abandonar tus responsabilidades, quizá valga la pena hacerlo.

No porque esperes una recompensa.

No porque alguien importante pueda estar mirando.

Y tampoco porque estés convencido de que la vida te devolverá el favor.

Hazlo porque tus decisiones, especialmente aquellas que tomas cuando nadie está mirando, terminan construyendo la persona en la que te conviertes.

Ramiro miró al gato y vio una distracción.

Arturo lo miró y vio a la mascota de su nieta.

Mateo lo miró cuando todavía no sabía ninguna de esas cosas.

Y solamente vio algo pequeño que necesitaba ayuda.

Quizá esa sea la diferencia más importante de toda la historia.

Porque tratar bien a algo después de descubrir que es valioso resulta sencillo.

El verdadero carácter aparece cuando todavía no sabes si aquello que tienes delante podrá darte absolutamente nada a cambio.

Entradas relacionadas