NARRADOR:
Habían pasado casi dos años desde que Daniela Reyes fue nombrada vicepresidenta de operaciones del grupo hotelero Montiel.
Mira Tambien:
Próstata inflamada: cómo aliviar las molestias urinarias y cuidar la salud masculina después de los 50 añosDos años desde que su vida cambió.
Pero había una cosa que Daniela nunca permitió que cambiara:
la forma en que trataba a las personas.
Próstata después de los 50: cómo recuperar el bienestar urinario y evitar molestias que afectan la vida diariaTodavía llegaba algunos días al trabajo usando jeans.
Todavía comía con empleados del hotel.
Todavía recordaba perfectamente aquella mañana frente a la mansión cuando Bárbara Santoro creyó que ella debía utilizar la entrada de servicio simplemente por su apariencia.
Mira Tambien:Próstata después de los 60: 8 hábitos que pueden ayudar a mejorar la orina y proteger la salud masculinaDaniela pensaba que aquella historia había terminado.
Estaba equivocada.
Porque la siguiente gran expansión del Grupo Montiel volvería a cruzar su camino con la familia Santoro.
Mira Tambien:
Hierbabuena con limón: beneficios para la digestión, el hígado y la salud masculina que debes conocerY esta vez el conflicto no ocurriría frente a una mansión.
O junto a una piscina.
Sería en una terminal privada…
Mira Tambien:
Guayaba para la diabetes y el crecimiento del cabello: beneficios reales de esta fruta tropicalrodeada de aviones que costaban millones de dólares.
EL NUEVO PROYECTO
El Grupo Montiel estaba creciendo.
El hotel Bahía Montiel había superado las expectativas.
Clientes internacionales.
Congresos.
Eventos privados.
Ejecutivos.
Artistas.
Empresarios.
Muchos de aquellos clientes llegaban en aviones privados.
Por eso Victoria tuvo una idea.
VICTORIA:
—Necesitamos transporte aéreo ejecutivo propio.
Daniela levantó la mirada.
DANIELA:
—¿Quieres que compremos aviones?
Victoria respondió:
VICTORIA:
—No necesariamente.
Sobre la mesa había tres propuestas.
Empresas de aviación privada.
Servicios de transporte VIP.
Administración de aeronaves.
Victoria explicó:
VICTORIA:
—No quiero que entremos a operar aviones sin experiencia.
—Quiero asociarnos con alguien que ya sepa hacerlo.
Daniela revisó.
Había una compañía que destacaba.
AeroVantage.
Empresa relativamente nueva.
Pero con excelente reputación.
Flota pequeña.
Administración eficiente.
Cero incidentes graves.
Clientes importantes.
Daniela preguntó:
DANIELA:
—¿Quién es el dueño?
Victoria respondió:
VICTORIA:
—Ese es el detalle interesante.
Daniela levantó una ceja.
VICTORIA:
—Casi nadie sabe.
UN EMPRESARIO QUE NO APARECÍA EN FOTOGRAFÍAS
AeroVantage tenía presidente.
Directores.
Representantes.
Pero el inversionista principal mantenía un perfil extremadamente bajo.
No daba entrevistas.
No aparecía en revistas.
No publicaba fotografías junto a sus aeronaves.
La mayoría de los clientes asumía que era algún fondo de inversión.
Daniela no le dio demasiada importancia.
Lo importante eran:
seguridad,
costos,
servicio,
mantenimiento.
La reunión se programó para el martes a las diez de la mañana.
Daniela debía asistir.
Victoria también.
Pero una emergencia en uno de los hoteles cambió los planes.
Daniela llamó.
DANIELA:
—Voy a llegar tarde.
Victoria respondió:
VICTORIA:
—Yo también.
Hubo silencio.
DANIELA:
—Eso no suena bien.
Victoria respondió:
VICTORIA:
—Mandaré a Gabriel primero.
Daniela comenzó a reír.
DANIELA:
—Tu papá va a terminar comprando un avión.
VICTORIA:
—Por eso necesito que llegues rápido.
Pero antes de que cualquiera de ellas apareciera…
dos jóvenes ya estaban frente a los jets.
ALEJANDRO SANTORO
Uno era Alejandro Santoro.
Treinta años.
Sobrino de Bárbara Santoro.
Había estudiado negocios.
Trabajaba dentro de una compañía familiar dedicada a:
construcción,
inversiones,
vehículos,
y recientemente aviación.
Alejandro adoraba:
autos caros,
relojes,
ropa llamativa,
viajes,
redes sociales.
No había nada malo en disfrutar de esas cosas.
El problema era que Alejandro muchas veces utilizaba lo que tenía para medir a quienes no tenían lo mismo.
Aquella mañana llevaba:
camisa estampada de diseñador,
pantalones negros,
reloj de lujo,
lentes oscuros.
Había llegado para ofrecer a los Montiel otra opción.
La familia Santoro quería entrar también al negocio de aviación.
Alejandro pensaba que conseguiría el contrato fácilmente.
Tenía apellido.
Dinero.
Contactos.
Y frente a él había varios aviones.
En su mente, aquella era precisamente la clase de lugar donde él pertenecía.
Hasta que vio al otro hombre.
LUCAS FERRER
El segundo joven se llamaba Lucas Ferrer.
Treinta y un años.
Camiseta blanca.
Jeans.
Zapatos sencillos.
Sin reloj visible.
Sin traje.
Sin asistentes.
Había llegado caminando desde el hangar.
Alejandro lo vio observando uno de los aviones.
Pensó que era empleado.
ALEJANDRO:
—Oye.
Lucas se giró.
LUCAS:
—¿Sí?
Alejandro señaló el jet detrás.
ALEJANDRO:
—¿Ya cargaron combustible?
Lucas respondió:
LUCAS:
—No sé.
Alejandro frunció el ceño.
ALEJANDRO:
—¿No trabajas aquí?
Lucas sonrió.
Era una situación que conocía demasiado bien.
LUCAS:
—Sí.
Alejandro respondió:
ALEJANDRO:
—Entonces ¿cómo que no sabes?
Lucas explicó:
LUCAS:
—Porque no trabajo en abastecimiento.
Alejandro hizo un gesto.
ALEJANDRO:
—Bueno, busca a alguien.
Lucas levantó una ceja.
LUCAS:
—¿Para qué?
ALEJANDRO:
—Necesito saber si el avión está listo.
Lucas miró el jet.
Después a Alejandro.
LUCAS:
—¿Vas a volar?
Alejandro sonrió.
ALEJANDRO:
—No exactamente.
Hizo una pausa.
ALEJANDRO:
—Estoy aquí por negocios.
Lucas respondió:
LUCAS:
—Yo también.
Alejandro soltó una pequeña risa.
Pensó que Lucas estaba bromeando.
“¿ERES MECÁNICO?”
Alejandro observó su camiseta.
ALEJANDRO:
—¿Mantenimiento?
Lucas respondió:
LUCAS:
—A veces.
Aquella respuesta era técnicamente cierta.
Lucas sabía de mantenimiento aeronáutico.
Muchísimo.
Alejandro interpretó otra cosa.
ALEJANDRO:
—Entonces sí eres mecánico.
Lucas respondió:
LUCAS:
—También.
Alejandro comenzó a caminar junto a él.
ALEJANDRO:
—Buen trabajo.
Lucas sonrió.
LUCAS:
—Gracias.
La respuesta confundió ligeramente a Alejandro.
Esperaba que pareciera impresionado.
No ocurrió.
LOS AVIONES
Frente a ellos había cuatro jets.
Uno pequeño.
Dos medianos.
Y uno de largo alcance.
Alejandro señaló el más grande.
ALEJANDRO:
—Ese sí es una máquina.
Lucas respondió:
LUCAS:
—Es bueno.
Alejandro rio.
ALEJANDRO:
—¿Bueno?
—Ese avión cuesta más de cuarenta millones.
Lucas respondió:
LUCAS:
—Dependiendo de configuración.
Alejandro lo miró.
ALEJANDRO:
—Sabes algo.
Lucas respondió:
LUCAS:
—Un poco.
Alejandro volvió a mirar el avión.
ALEJANDRO:
—Estoy pensando comprar algo parecido.
Lucas asintió.
LUCAS:
—Deberías estudiar primero los costos operativos.
Alejandro se rio.
ALEJANDRO:
—El costo no es precisamente mi mayor problema.
Lucas respondió:
LUCAS:
—Normalmente la gente que dice eso todavía no ha pagado una inspección mayor.
Alejandro dejó de sonreír.
LA PRIMERA TENSIÓN
ALEJANDRO:
—¿Cuánto ganas tú trabajando aquí?
Lucas lo miró.
Pregunta extraña.
LUCAS:
—¿Por qué?
Alejandro respondió:
ALEJANDRO:
—Curiosidad.
Lucas sonrió.
LUCAS:
—Suficiente.
Alejandro señaló los aviones.
ALEJANDRO:
—Debe ser difícil trabajar rodeado de cosas que nunca podrías comprar.
Lucas lo observó.
No había rabia.
Más bien sorpresa.
LUCAS:
—¿Por qué sería difícil?
Alejandro respondió:
ALEJANDRO:
—No sé.
—Yo no podría.
Lucas preguntó:
LUCAS:
—¿Trabajar con cosas que no son tuyas?
ALEJANDRO:
—Exactamente.
Lucas sonrió.
LUCAS:
—Entonces no podrías trabajar en aviación.
Alejandro frunció el ceño.
“CASI NINGÚN AVIÓN ES REALMENTE DE QUIEN CREES”
Lucas explicó.
Muchos jets estaban:
financiados,
arrendados,
administrados para terceros,
registrados a empresas,
compartidos entre socios.
Ver una persona bajando de un avión no significaba necesariamente que fuera propietaria.
Lucas dijo:
LUCAS:
—La aviación privada está llena de personas aparentando ser dueñas de cosas que en realidad administran otras compañías.
Alejandro respondió:
ALEJANDRO:
—Yo sí sé de quién son las cosas que utilizo.
Lucas sonrió.
LUCAS:
—Eso espero.
La conversación comenzaba a molestar a Alejandro.
Porque Lucas no parecía impresionado.
APARECE EL FOTÓGRAFO
Un empleado comenzó a sacar fotografías para material corporativo.
Alejandro inmediatamente se acercó a uno de los jets.
ALEJANDRO:
—Tómame una aquí.
Lucas se apartó.
Alejandro posó junto al avión.
Lentes.
Reloj visible.
Jet detrás.
Perfecto para redes.
Después preguntó a Lucas:
ALEJANDRO:
—¿Quieres una?
Lucas negó.
LUCAS:
—No.
Alejandro sonrió.
ALEJANDRO:
—Vamos.
—Probablemente nunca tengas otra foto así.
Lucas lo miró.
LUCAS:
—Estoy aquí casi todos los días.
Alejandro respondió:
ALEJANDRO:
—Claro.
—Trabajando.
Lucas asintió.
LUCAS:
—Exactamente.
EL CONTRATO MONTIEL
Alejandro quiso presumir.
ALEJANDRO:
—Hoy probablemente voy a cerrar un acuerdo enorme.
Lucas preguntó:
LUCAS:
—¿Con quién?
ALEJANDRO:
—Grupo Montiel.
Lucas levantó ligeramente las cejas.
ALEJANDRO:
—¿Los conoces?
Lucas respondió:
LUCAS:
—He hablado con ellos.
Alejandro se sorprendió.
ALEJANDRO:
—¿Tú?
Lucas respondió:
LUCAS:
—Por teléfono.
Alejandro interpretó nuevamente lo que quiso.
ALEJANDRO:
—Ah.
—Mantenimiento.
Lucas no lo corrigió.
“TE DOY UN CONSEJO”
Alejandro se acercó.
ALEJANDRO:
—Mira.
Lucas esperó.
ALEJANDRO:
—Tienes buena presencia.
—Eres joven.
—No deberías quedarte toda la vida arreglando aviones para hombres como yo.
Lucas preguntó:
LUCAS:
—¿Hombres como tú?
Alejandro respondió:
ALEJANDRO:
—Empresarios.
Lucas intentó no sonreír.
Alejandro continuó:
ALEJANDRO:
—Hay que pensar más grande.
—Invertir.
—Tomar riesgos.
—Construir algo propio.
Lucas asintió lentamente.
LUCAS:
—Buen consejo.
Alejandro sonrió satisfecho.
ALEJANDRO:
—Si alguna vez quieres aprender, búscame.
Sacó una tarjeta.
Se la entregó.
Lucas la miró.
ALEJANDRO SANTORO
DIRECTOR DE DESARROLLO
Lucas guardó la tarjeta.
LUCAS:
—Gracias.
LLEGA BÁRBARA
Un automóvil negro se acercó.
Bárbara Santoro bajó.
Habían pasado años desde su conflicto con Daniela.
Había cambiado bastante.
No completamente.
Pero lo suficiente para reconocer ciertos patrones.
Vio a Alejandro hablando con Lucas.
Se acercó.
BÁRBARA:
—Alejandro.
Él respondió:
ALEJANDRO:
—Tía.
Bárbara saludó a Lucas educadamente.
BÁRBARA:
—Buenos días.
Lucas respondió igual.
Alejandro dijo:
ALEJANDRO:
—Él trabaja aquí.
Bárbara preguntó:
BÁRBARA:
—¿Cómo te llamas?
LUCAS:
—Lucas Ferrer.
Bárbara quedó quieta.
El apellido le sonaba.
Mucho.
BÁRBARA:
—¿Ferrer?
Lucas asintió.
Antes de que pudiera preguntar más…
llegaron Victoria y Daniela.
DANIELA VE A LUCAS
Daniela caminó directamente hacia él.
DANIELA:
—Lucas.
Alejandro miró.
Victoria también lo saludó.
VICTORIA:
—Perdón por el retraso.
Lucas respondió:
LUCAS:
—No hay problema.
Alejandro empezó a entender que quizá algo estaba equivocado.
Daniela preguntó:
DANIELA:
—¿Ya conociste a los Santoro?
Lucas sonrió.
Miró a Alejandro.
LUCAS:
—Sí.
—Me dieron varios consejos.
Bárbara cerró los ojos por un segundo.
Conocía ese tono.
Había estado del otro lado antes.
BÁRBARA:
—Alejandro…
Él respondió:
ALEJANDRO:
—¿Qué?
Daniela observó.
DANIELA:
—¿Pasó algo?
Lucas respondió:
LUCAS:
—Nada grave.
La frase “nada grave” no tranquilizó absolutamente a nadie.
¿QUIÉN ERA LUCAS?
Victoria hizo las presentaciones formales.
VICTORIA:
—Alejandro, Bárbara…
Señaló a Lucas.
VICTORIA:
—Lucas Ferrer, fundador y accionista principal de AeroVantage.
Alejandro quedó inmóvil.
Bárbara lo miró.
Después miró a su sobrino.
Lucas extendió la mano.
LUCAS:
—Mucho gusto oficialmente.
Alejandro tardó en reaccionar.
ALEJANDRO:
—¿Tú eres el dueño?
Lucas respondió:
LUCAS:
—Uno de ellos.
Alejandro miró los jets.
Después a Lucas.
Después nuevamente los aviones.
Su rostro cambió completamente.
“¿CUÁL DE ESTOS ES TUYO?”
Intentando recuperar dignidad, Alejandro preguntó:
ALEJANDRO:
—Entonces…
Señaló la línea de aeronaves.
ALEJANDRO:
—¿Cuál de esos es tuyo?
Lucas miró.
Después respondió:
LUCAS:
—Ninguno.
Alejandro pareció confundido.
Quizá todo había sido exagerado.
Lucas continuó:
LUCAS:
—Personalmente, ninguno.
Hizo una pausa.
LUCAS:
—La compañía administra los cuatro.
Silencio.
Lucas explicó que uno pertenecía a un fondo.
Otro a una empresa.
El tercero estaba bajo copropiedad.
El cuarto pertenecía a AeroVantage mediante una sociedad operativa.
LUCAS:
—Comprar un avión personalmente para presumir que es mío no mejora el negocio.
Daniela sonrió.
Victoria también.
Alejandro no.
LUCAS NO ERA MILLONARIO DESDE NIÑO
Ese detalle importaba.
Lucas había crecido cerca de un pequeño aeropuerto.
Su padre era técnico aeronáutico.
Su madre profesora.
Desde adolescente limpiaba hangares.
Después estudió ingeniería aeronáutica.
Trabajó en mantenimiento.
Más adelante administración.
A los veintisiete años pidió dinero prestado junto con dos socios para administrar su primera aeronave.
No compraron avión.
Administraron uno para otra persona.
Después dos.
Después cinco.
La empresa creció.
Lucas seguía vistiendo camiseta porque pasaba mucho tiempo dentro de hangares.
No porque estuviera intentando parecer humilde.
Simplemente era su manera de trabajar.
ALEJANDRO INTENTA DISCULPARSE
ALEJANDRO:
—Creo que hubo una confusión.
Lucas respondió:
LUCAS:
—No realmente.
Alejandro quedó incómodo.
Lucas añadió:
LUCAS:
—Pensaste que era mecánico.
—Y técnicamente también lo soy.
ALEJANDRO:
—No quise faltarte el respeto.
Lucas respondió:
LUCAS:
—No me molestó que pensaras que era mecánico.
Miró a Alejandro.
LUCAS:
—Me molestó que pensaras que serlo significaba que yo debía sentirme inferior a ti.
Ahí estaba la diferencia.
Bárbara bajó la mirada.
La frase era demasiado familiar.
DANIELA MIRA A BÁRBARA
Ambas se miraron.
No hicieron falta palabras.
Años atrás:
mansión.
Camiseta blanca.
Jeans.
Bárbara juzgando a Daniela.
Ahora:
aeropuerto.
Camiseta blanca.
Jeans.
Alejandro haciendo prácticamente lo mismo con Lucas.
Bárbara murmuró:
BÁRBARA:
—Parece que ciertas lecciones son hereditarias.
Daniela sonrió.
DANIELA:
—También se pueden cortar.
Bárbara asintió.
LA NEGOCIACIÓN
Entraron a la sala.
AeroVantage presentó su propuesta.
Seguridad.
Costos.
Disponibilidad.
Mantenimiento.
Tripulaciones.
Rutas.
Lucas conocía cada cifra.
Alejandro también presentó la opción Santoro.
Era buena.
No tan completa.
Pero competitiva.
La reunión duró cuatro horas.
Daniela observó algo.
Lucas jamás utilizó lo sucedido afuera durante la negociación.
No humilló a Alejandro.
No mencionó:
“él pensó que yo era empleado.”
Nada.
Negocios.
Solo negocios.
Aquello le recordó exactamente cómo ella había tratado el contrato de Bárbara años atrás.
No utilizar el poder como venganza.
LA DECISIÓN
AeroVantage consiguió el contrato principal.
Pero la compañía Santoro obtuvo un contrato secundario para transporte terrestre ejecutivo vinculado al aeropuerto.
Alejandro quedó sorprendido.
Pensó que después de lo ocurrido Lucas bloquearía cualquier participación.
No ocurrió.
Cuando terminaron, preguntó:
ALEJANDRO:
—¿Por qué no dijiste nada?
Lucas respondió:
LUCAS:
—¿Sobre qué?
ALEJANDRO:
—Lo que pasó afuera.
Lucas respondió:
LUCAS:
—Porque no tiene nada que ver con si tu propuesta sirve.
Alejandro quedó callado.
Lucas añadió:
LUCAS:
—No necesito perjudicarte para demostrar que estabas equivocado.
Aquella frase dolió más que cualquier venganza.
ALEJANDRO REGRESA AL HANGAR
Una semana después.
Sin camisa llamativa.
Sin séquito.
No porque ahora la ropa cara fuera mala.
Simplemente había ido a trabajar.
Buscó a Lucas.
Lo encontró debajo de un panel abierto revisando conexiones.
ALEJANDRO:
—¿De verdad haces esto tú mismo?
Lucas respondió:
LUCAS:
—A veces.
Alejandro preguntó:
ALEJANDRO:
—¿Por qué?
LUCAS:
—Porque si voy a dirigir gente que hace este trabajo quiero entenderlo.
Alejandro recordó todas las empresas familiares en las que ocupaba cargos que apenas conocía desde dentro.
Por primera vez sintió curiosidad en lugar de superioridad.
ALEJANDRO:
—¿Puedo mirar?
Lucas respondió:
LUCAS:
—Sí.
Después añadió:
LUCAS:
—Pero si vas a estar aquí, ponte gafas de seguridad.
Alejandro obedeció.
SEIS MESES DESPUÉS
Alejandro comenzó a pasar tiempo dentro de operaciones de la empresa Santoro.
Almacenes.
Conductores.
Logística.
Mantenimiento.
Descubrió personas que llevaban veinte años haciendo trabajos que él jamás había intentado.
Un conductor llamado Ramón le enseñó más sobre costos reales de transporte en dos semanas que varios cursos de negocios.
Alejandro preguntó:
ALEJANDRO:
—¿Por qué nunca me explicaron esto en la oficina?
Ramón respondió:
RAMÓN:
—Porque en la oficina los problemas llegan escritos.
Hizo una pausa.
RAMÓN:
—Aquí llegan haciendo ruido.
Alejandro rio.
Pero entendió.
LA FOTO DEL JET
Meses después encontró aquella fotografía que se había tomado junto al avión.
La publicó.
Pero esta vez escribió algo diferente.
No:
“Mi nueva adquisición.”
Ni:
“Trabajando en grande.”
Escribió:
“El día que pensé que sabía más de aviación que el hombre que administraba toda la flota.”
Lucas vio la publicación.
Le escribió:
LUCAS:
—Por lo menos la foto salió bien.
Alejandro respondió:
ALEJANDRO:
—Eso es lo importante.
Los dos comenzaron a tener una relación profesional real.
MARCOS CONOCE A LUCAS
Daniela llevó a Marcos al hangar meses después.
Cuando vio a Lucas trabajando, preguntó:
MARCOS:
—¿Tú eres el dueño?
Lucas respondió:
LUCAS:
—Depende a quién le preguntes.
Marcos comenzó a reír.
Se llevaron bien inmediatamente.
Ambos entendían motores.
Ambos habían aprendido que trabajar con las manos no hacía a nadie menos empresario.
Lucas terminó contratando ocasionalmente servicios técnicos vinculados al puerto de Gabriel.
Los mundos comenzaron a conectarse.
SAMUEL VISITA EL AEROPUERTO
Ya muy mayor.
Victoria insistió en llevarlo.
Samuel vio los jets.
Preguntó:
SAMUEL:
—¿Cuánto cuesta uno?
Lucas respondió.
Samuel abrió los ojos.
SAMUEL:
—Por ese dinero debería venir con una casa adentro.
Lucas rio.
LUCAS:
—Algunos casi vienen.
Samuel preguntó:
SAMUEL:
—¿Tienes uno?
Lucas respondió:
LUCAS:
—No personalmente.
Samuel sonrió.
SAMUEL:
—Bien.
—Por fin un joven con dinero que no necesita comprar todo lo que mira.
Alejandro estaba cerca.
ALEJANDRO:
—Creo que eso fue para mí.
Samuel respondió:
SAMUEL:
—Si te quedó, úsalo.
Todos comenzaron a reír.
REFLEXIÓN FINAL
NARRADOR:
Alejandro vio una camiseta blanca.
Jeans.
Un joven caminando entre aviones.
Y construyó toda una historia.
Empleado.
Mecánico.
Alguien que probablemente jamás podría comprar lo que tenía delante.
Y técnicamente acertó en una parte.
Lucas era mecánico.
Había trabajado años dentro de hangares.
La equivocación fue pensar que aquella palabra significaba:
“menos.”
SER DUEÑO NO FUE LO QUE HIZO VALIOSO A LUCAS
Ese sería exactamente el aprendizaje incorrecto.
Lucas no merecía respeto porque después resultó controlar la compañía.
Lo merecía antes de que Alejandro lo supiera.
Incluso si realmente hubiera sido únicamente el técnico que llenaba combustible…
la actitud correcta habría sido la misma.
DANIELA YA HABÍA VIVIDO ESA HISTORIA
Quizá por eso no intervino inmediatamente para avergonzar a Alejandro.
Sabía que descubrir quién era Lucas produciría suficiente incomodidad.
Ella había visto a muchas personas cambiar instantáneamente cuando descubrían un cargo.
Eso nunca le parecía una victoria.
Porque el objetivo no era:
“Trátame bien porque soy importante.”
Era:
“No necesitas saber si soy importante.”
BÁRBARA VIO SU PROPIO ERROR REPETIDO
Eso fue duro.
Había trabajado durante años para corregir ciertas actitudes.
Ahora las reconocía en alguien de su propia familia.
Pero también comprendió algo:
no podía cambiar a Alejandro mediante una conferencia.
Él tendría que vivir ciertas experiencias.
Escuchar.
Trabajar.
Reconocer.
Exactamente como ella.
LUCAS TUVO PODER PARA HUMILLARLO Y NO LO USÓ
Podía destruirlo durante la reunión.
Contar la historia.
Hacer bromas.
Bloquear su empresa.
No lo hizo.
Porque una persona demuestra mucho sobre quién es cuando finalmente obtiene el poder que antes deseaba.
Lucas no necesitó utilizarlo para vengarse.
CINCO AÑOS DESPUÉS
El acuerdo entre AeroVantage y Montiel había crecido.
Había nuevas rutas.
Más aeronaves.
Alejandro dirigía buena parte de la operación terrestre de su familia.
Llegó al hangar.
Camiseta sencilla.
Jeans.
Lucas lo vio.
LUCAS:
—¿Qué pasó con las camisas de veinte colores?
Alejandro respondió:
ALEJANDRO:
—Están en mi casa.
Lucas sonrió.
LUCAS:
—No tenías que dejar de usarlas.
Alejandro dijo:
ALEJANDRO:
—Lo sé.
Después señaló el avión.
ALEJANDRO:
—¿Está listo?
Lucas respondió:
LUCAS:
—Pregunta a mantenimiento.
Alejandro rio.
ALEJANDRO:
—Esa lección no la olvidas.
UN NUEVO EMPLEADO
Un joven comenzó a trabajar en el aeropuerto.
Primer día.
Vio a Alejandro junto a Lucas.
No sabía quiénes eran.
Se acercó.
EMPLEADO:
—Disculpen, no pueden permanecer aquí sin chaleco reflectante.
Alejandro miró a Lucas.
Años atrás se habría sentido ofendido.
Ahora preguntó:
ALEJANDRO:
—¿Dónde consigo uno?
El joven señaló.
Ambos fueron.
Se lo pusieron.
Después llegó un gerente corriendo.
GERENTE:
—Señor Ferrer, señor Santoro…
El empleado palideció.
Pensó que sería despedido.
Lucas respondió:
LUCAS:
—¿Qué?
El gerente señaló al joven.
GERENTE:
—Él no sabía quiénes eran.
Lucas miró su chaleco.
LUCAS:
—No necesitaba saberlo.
Alejandro añadió:
ALEJANDRO:
—Nosotros estábamos equivocados.
El joven respiró.
Y continuó trabajando.
LA ÚLTIMA PREGUNTA
Años después un periodista entrevistó a Lucas.
Preguntó:
PERIODISTA:
—¿Cuál fue su primera señal de éxito?
Lucas pensó.
El periodista esperaba:
primer avión,
primer millón,
primer contrato internacional.
Lucas respondió:
LUCAS:
—Cuando dejé de preocuparme por parecer exitoso.
El periodista quedó sorprendido.
Lucas continuó:
LUCAS:
—Al principio quería tener cosas que demostraran que había llegado.
—Después comprendí que administrar correctamente algo vale más que posar delante de ello.
Alejandro vio la entrevista.
Le envió únicamente un mensaje:
“Eso fue para mí otra vez.”
Lucas respondió:
“Si te quedó…”
Alejandro completó:
“…úsalo.”
Samuel habría estado orgulloso.
CIERRE FINAL
NARRADOR:
Aquella mañana dos hombres estaban parados frente a varios jets.
Uno llevaba una camisa costosa.
Otro una camiseta blanca.
Uno pensaba que la ropa, el reloj y los aviones contaban una historia clara.
El otro había pasado suficiente tiempo alrededor del dinero para saber que casi nunca era así.
Alejandro preguntó indirectamente:
“¿Qué se siente trabajar junto a cosas que jamás podrías tener?”
Años después comprendería que la pregunta decía mucho más sobre él que sobre Lucas.
Porque vivir rodeado de riqueza puede enseñarte dos cosas completamente opuestas.
Puedes comenzar a creer que tener más te convierte en más.
O puedes descubrir que absolutamente ninguna de esas cosas puede entrar contigo a una habitación y responder por tu carácter.
Años después Alejandro todavía conservaba aquella tarjeta que le entregó a Lucas cuando pensaba que estaba aconsejando a un simple empleado.
Un día se la mostró.
ALEJANDRO:
—¿Recuerdas esto?
Lucas comenzó a reír.
LUCAS:
—Me dijiste que te buscara si quería aprender negocios.
Alejandro se tapó la cara.
ALEJANDRO:
—Por favor, no sigas.
Lucas respondió:
LUCAS:
—Tengo la tarjeta guardada por si algún día necesito trabajo.
Ambos comenzaron a reír.
Y aquella escena terminó representando algo que ninguno había entendido en su primer encuentro:
No necesitas saber cuál de los dos hombres es dueño del avión.
No necesitas saber quién tiene más dinero.
Ni quién firma los contratos.
Si necesitas conocer todo eso antes de decidir a cuál tratar con respeto…
entonces todavía no has aprendido absolutamente nada.
